miércoles, 2 de octubre de 2013

Muchas cosas sabe el zorro, pero el erizo sabe una muy importante.

Crímenes.
Era inteligente sólo de una manera astuta, y como él mismo era débil, sabía reconocer las debilidades de los demás. Y así se aprovechaba de ellas aun cuando, en realidad, no obtuviera ninguna ventaja.
Ferdinand Von Schirach.

martes, 17 de septiembre de 2013

Como cada día en el infierno me aburría, me fuí de bar en bar.


El viento que arrasa.
Yo nunca había salido del pueblo. Ni tiempo para ir a pescar teníamos. Igual vi de todo mientras trabajé en la fonda. Porque no venían solamente peones. Mi madre cocinaba muy bien y estaba abierto todo el día. Así como venía el changarín, venían los ingenieros del ferrocarril, de las desmotadoras, los dueños de las tierras, el indio que apenas juntaba dos monedas se las chupaba. El alcohol pone a todos los hombres al mismo nivel ¿sabe? Una vuelta se agarraron dos ingenieros que trabajaban en la Chaco. Chupaban whisky como esponjas los gringos. Un whisky que era querosén puro, le garanto. Lo contrabandeábamos de Paraguay, imagínese. Llegaron como amigos y empezaron a tomar. Hablaban en su lengua, así que no entendíamos nada. De golpe, vaya a saber por qué, empezaron a discutir. Mi viejo nunca intervenía hasta que la cosa se pasaba de castaño oscuro. Pero los gringos estos no le dieron tiempo a reaccionar. De repente uno sacó un revólver y le voló la cabeza al otro. Esa noche, como siempre, todos los parroquianos estaban en pedo, pero le juro que todos se pusieron sobrios de pronto. Se quedaron blancos, sentados en las sillas. Parecían fantasmas. Hasta la brasa de los cigarrillos se detuvo. El gringo que había disparado empezó a temblar como una hoja, quería llevarse el caño a la boca y el temblequeo no lo dejaba. Mi padre lo desarmó. Lo llevó hasta la puerta y le dio un empujoncito. Vaya, mister, vaya para las casas y vea lo que hace; le dijo. Después entró y me mando a la comisaría. Salí en la bicicleta, aunque le parezca una salvajada, estaba emocionado, me sentía importante con mi misión. Vino la policía y se llevó el cuerpo. Nadie hizo preguntas. Mi madre limpió la mesa de los gringos y los sesos que habían salpicado en el piso. Mi padre dijo: “la casa invita una vuelta a ver si les vuelve el alma al cuerpo”. En cinco minutos todo se había olvidado y la noche siguió delante como debía ser. Hasta chuparon más que de costumbre, creo que para celebrar que esa vez no les había tocado a ellos.
Selva Almada.

miércoles, 28 de agosto de 2013

Años después, en su lecho de agonía, Aureliano Segundo había de recordar la lluviosa tarde de junio en que entró en el dormitorio a conocer a su primer hijo.


Cien años de soledad
 Fernanda era una mujer perdida para el mundo. Había nacido y crecido a mil kilómetros del mar, en una ciudad lúgubre por cuyas callejuelas de piedra traqueteaban todavía, en noches de espantos, las carrozas de los virreyes. Treinta y dos campanarios tocaban a muerto a las seis de la tarde. En la casa señorial embaldosada de losas sepulcrales jamás se conoció el sol. El aire había muerto en los cipreses del patio, en las pálidas colgaduras de los dormitorios, en las arcadas rezumantes del jardín de los nardos. Fernanda no tuvo hasta la pubertad otra noticia que los melancólicos ejercicios de piano ejecutados en alguna casa vecina por alguien que durante años y años se permitió el albedrío de no hacer la siesta. En el cuarto de su madre enferma, verde y amarilla bajo la polvorienta luz de los vitrales, escuchaba las escalas metódicas, tenaces, descorazonadas, y pensaba que esa música estaba en el mundo mientras ella se consumía tejiendo coronas de palmas fúnebres. Su madre, sudando la calentura de las cinco, le hablaba del esplendor del pasado. Siendo muy niña, una noche de luna, Fernanda vio una hermosa mujer vestida de blanco que atravesó el jardín hacia el oratorio. Lo que más le inquietó de aquella visión fugaz fue que la sintió exactamente igual a ella, como si se hubiera visto a sí misma con veinte años de anticipación. «Es tu bisabuela, la reina -le dijo su madre en las treguas de la tos-. Se murió de un mal aire que le dio al cortar una vara de nardos.»
Gabriel García Márquez .

lunes, 1 de julio de 2013

Nada decía la prensa de hoy de esta sucia pasión.



Noticias de la noche
Toda Grecia está conmocionada —responde acalorado—. Es lo nunca visto. Los teléfonos están que arden. De repente, justo cuando me dispongo a anunciar las nuevas medidas económicas, me interrumpen y ponen anuncios. Antes de que me dé tiempo a preguntar qué pasa, el realizador Manísalis entra como un huracán y dice que han asesinado a Yanna. Más anuncios, grito y mando enseguida a un cámara al camerino. Cuando vuelvo a salir al aire, estoy destrozado. «Señoras y señores», digo, «en este preciso instante se está produciendo una tragedia en nuestros estudios. Yanna Karayorgui, nuestra reportera de sucesos, “el Sabueso”, como la llamaban sus compañeros, yace muerta en una habitación contigua, brutalmente asesinada. Aún no sabemos quién es el autor de este crimen horrendo. Desgraciadamente, la verdad tiene muchos enemigos. Hellas Channel, sin embargo, el canal de la vanguardia informativa, siempre el primero en dar las noticias, no podía menos de comunicar la noticia de inmediato a ustedes, sus espectadores. Señoras y señores, les informamos del trágico fin de Yanna Karayorgui casi en el mismo momento del fatal suceso, antes incluso de avisar a la policía.» Y aparece en pantalla el plano del camerino con Yanna tal como lo han encontrado. Se trata de un gran documento. Tenemos el vídeo. Puede verlo, si lo desea.
¿Por qué no le doy dos bofetadas bien dadas? ¿Por qué no junto un par de sillas, lo ato a ellas, le quito zapatos y calcetines y le arreo en las plantas de los pies? El policía que ya no pega es como el fumador que ya no fuma. Aunque la lógica le diga que ha hecho muy bien en dejarlo, por dentro se muere de ganas de repartir unas cuantas hostias, como el ex fumador se muere por una caladita.
¿Sabe qué debería hacer con usted? —le digo—. ¡Debería llevarlo a jefatura, encerrarlo en un calabozo con chorizos, macarras y camellos, y dejar que se jueguen su culo a los dados!
Palabras, gritos, amenazas estériles. He dejado de fumar y trato de engañarme masticando chicles.
Petros Márkaris

martes, 30 de abril de 2013

Cuando me hablan del destino cambio de conversación.



El último encuentro. 
──Porque en la vida de un hombre no solo ocurren las cosas [...] Uno también construye lo que le ocurre. Lo construye, lo invoca, no deja escapar lo que le tiene que ocurrir. Así es el hombre. Obra así incluso sabiendo o sintiendo desde el principio, desde el primer instante, que lo que hace es algo fatal. Es como si se mantuviera unido a su destino, como si se llamaran y se crearan mutuamente. No es verdad que la fatalidad llegue ciega a nuestra vida, no. La fatalidad entra por la puerta que nosotros mismos le hemos abierto, invitándola a pasar. No existe ningún ser humano lo suficientemente fuerte e inteligente para evitar mediante palabras o acciones el destino fatal que le deparan las leyes inevitable de su propia naturaleza y carácter. 
Sándor Márai

martes, 16 de abril de 2013

Por eso, no has de extrañarte si, alguna noche, borracho, me vieras pasar del brazo con quien no debo pasar.


El ultimo encuentro. 
El compañerismo y la camaradería adquieren en ocasiones el aspecto de la amistad. Los intereses en común pueden producir situaciones humanas que se parecen a la amistad. También la soledad hace que las personas se refugien en relaciones más íntimas: al final se arrepienten, aunque al principio crean que esa intimidad es ya una forma de amistad. Claro, todo esto no tiene nada que ver con la verdadera amistad. Uno está convencido, y mi padre todavía lo entendía así, de que la amistad es un servicio. Al igual que el enamorado, el amigo no espera ninguna recompensa por sus sentimientos. No espera ningún galardón, no idealiza a la persona que ha escogido como amiga, ya que conoce sus defectos y la acepta así, con todas sus consecuencias. Esto sería el ideal. Ahora hace falta saber si vale la pena vivir, si vale la pena ser hombre sin un ideal así. Y si un amigo nuestro se equivoca, si resulta que no es un amigo de verdad, ¿podemos echarle la culpa por ello, por su carácter, por sus debilidades? ¿Qué valor tiene una amistad si sólo amamos en la otra persona sus virtudes, su fidelidad, su firmeza? ¿Qué valor tiene cualquier amor que busca una recompensa? ¿No sería obligatorio aceptar al amigo desleal de la misma manera que aceptamos al abnegado y fiel? ¿No sería justamente la abnegación la verdadera esencia de cada relación humana, una abnegación que no pretende nada, que no espera nada del otro? ¿Una abnegación que cuanto más da, menos espera a cambio? Y si uno entrega a alguien toda la confianza de su juventud, toda la disposición al sacrificio de su edad madura y finalmente le regala lo máximo que un ser humano puede dar a otro, si le regala toda su confianza ciega, sin condiciones, su confianza apasionada, y después se da cuenta de que el otro le es infiel y se comporta como un canalla, ¿tiene derecho a enfadarse, a exigir venganza? Y si se enfada y pide venganza, ¿ha sido un amigo él mismo, el engañado y abandonado? ¿Ves?, este tipo de cuestiones teóricas me han ocupado desde que me quedé solo. Por supuesto que la soledad no me ha dado la menor respuesta. 
Sandor Marai

lunes, 19 de noviembre de 2012

Como descifrar signos sin ser sabio competente.


Parecerse más a uno mismo. 

A medida que uno se va poniendo grande, se va pareciendo cada vez más a sí mismo. Mi viejo, un pibe pobre de pueblo, cabecita negra de la provincia de Buenos Aires, huyó apenas pudo de una casa violenta. Conoció a una chica universitaria en la capital de la provincia más cercana y enseguida se fue a Alemania a vivir una aventura de hippies. Como autodidacta aprendió lo que no le enseñaron en la escuela primaria, su único paso por la educación formal. Y después de conocer el mundo, a base de manos que no sabía leer y artesanías de cuero que no sabía trabajar, volvió a buscar a esa chica, a aquella capital lejana.
De grande ya no pasaba hambre, pero seguía manteniendo vicios de pobre con plata. Cada vez que paraba en una verdulería compraba un cajón de fruta de estación. Manzanas, naranjas o duraznos. Siempre un cajón. No había estómagos en el mundo que fueran capaces de terminarlo antes de que la fruta empezara a pudrirse. Y sin embargo allí estaba, la siguiente vez, con un nuevo cajón, el que comíamos con la ansiedad y la resignación del que sabe, de antemano, que la batalla está perdida.
A la hora del desayuno ponía a hervir un jarrito de leche, incluso cuando ya existía el microondas, y siempre, indefectiblemente se le rebalsaba. Entones salia a la calle helada, ponía el jarro, caliente y chorreado, arriba del techo del auto y lo prendía para que fuera calentándose el motor, mientras que la leche, temblando con los estertores mecánicos, se entibiaba en el frío de la madrugada pampeana.
Ya mayor recuperó, de alguna forma, aquella vida que había decidido abandonar a los 16 años. Encontró una mujer de barrio, humilde y sin estudios que lo quiso a pesar de su ceguera, su renguera y su cara de luna de cricoides. Y le dio un hijo para saborear en los últimos años que le quedaban de vida. A ella la salvó, como no pudo hacer con su madre, del infierno de un matrimonio violento, y crió a sus hijas con el amor que se tiene a la propia sangre.
Mi madre era la “niña bien” del pueblo, aunque decir “bien” en esa época y ese lugar no era decir demasiado. La diferencia entre ella y las niñas que vivían del otro lado de la vía era, como mucho, mandar a pedir bacalao salado para la cuaresma, o atender a un curso de dibujo por carta. Pero el baño único por semana con agua hervida en un fuenton de chapa y los sabañones que salían por el frío, eran los mismos de este o el otro lado del paso del tren.
Malcriada y rebelde se fue a estudiar una lengua muerta al corazón de La Pampa. Y se casó con un tipo que volvió un día disfrazado de hippie de Alemania. Aquel muchacho, que supo afeitarse la barba a tiempo y que no había estudiado pero tenía más erudición que un sabio, la llevó a vivir a un palacio en ruinas. Donde, de noche el salón se iluminaba con las almas y las voces de los muchos comensales que asistían a saborear los secretos de la receta de pizza mejor guardada. Y de día reinaba el silencio y la frescura necesarias para erigir las bases de una carrera académica brillante.
Los frutos del esfuerzo ilustrado que se sembraron entre las cuatro paredes de aquella vieja pizzería, se recogen hoy en abundancia. En las conferencias internacionales le dicen doctora y es invitada a ocupar cargos honorarios en insignes academias.
A pesar de los títulos, los viajes y la vida en las grandes capitales del mundo, la niña de pueblo sobrevive en las costumbres de esa mujer culta. Desconociendo los avances de la tecnología moderna sigue calentando el agua en una pava para lavar los platos y atando con un elástico los cierres falseados de los pantalones. A los 60 años se hizo de un novio que le hace todos los gustos y, a base de amor y anuencia, mantiene viva a la niña malcriada a despecho de sus hijos.
Yo no se que será de mi futuro con este origen tan de frontera. Nacida entre dos clases sociales, en un tiempo entre la dictadura y la democracia, y en un lugar entre el desierto y la bonanza, solo me queda explorar los confines de la existencia y habituarme a ser, cada día, ciudadana de la periferia.