sábado, 2 de abril de 2016

La ausencia.



V
Que no sea el
silencio quien
llene mi espacio
vacío.

sábado, 12 de marzo de 2016

Cuando labios sin ánima quieran quererte al contado liquida la tienda.


III
Si el eco del silencio
me responde que no.
Si las rosas se
marchitan en los
floreros vacíos.
Si no vuelvo a encontrar
la imagen de un poema
¿quien va a sentir el
perfume de mi cuerpo?
Solo la noche vendrá
a abrazarme con su
hálito de tempano.
Ya no habrá agua
que pueda lavar
mis pecados cuando
venga el fin del tiempo.

martes, 9 de febrero de 2016

Esta boca es mía.


Advertencia y preaviso

Todos los días son últimos días.
Días tras día mueres, te arrebatan
un pedazo de diente,
se abre un surco en tu piel,
cesa un amigo
en su función de espejo,
de espejismo,
de bastón
o de bálsamo.
Siempre, todos los días son el último día.
Todos los días pierdes
alguna cosa que quisiste mucho:
un reloj, un paraguas, un anillo, una fotografía
de hace mucho tiempo,
un garabato viejo,
alguna lentejuela
del antiguo, fulgente disfraz de la esperanza
fugitiva
como todo horizonte.
Todos los días vamos despidiéndonos.
Todos los días debes prepararte
para decir adiós.
Todos los días debes prepararte
para escuchar un “basta”.
Todos los días
son el único, el último,
el ultísimo día de tus días.
Y sin embargo insistes todavía,
Y
sin embargo
insistes
pese a
todo
en
no
querer
ser.
TU.
Juan José Sena Weill

martes, 2 de febrero de 2016

Desde que te perdí.


He dejado a los hombres

He dejado a los hombres.
Y con ellos dejé su amor,
su olor, su pelo.

Con los hombres dejé sus aires de eruditos.
Dejé sus serias reflexiones
como respuesta a mis juegos.

Puse a un lado sus neurosis,
sus machos alfa demandantes,
o, por el contrario, sus “no puedo”.

Me libré, junto con ellos,
de las noches de insomnio
y del amor mendigado
por un suspiro de sus besos.

jueves, 18 de junio de 2015

Quién sabe, Alicia, este país no estuvo hecho porque sí...



Through the Looking Glass
'Can you keep from crying by considering things?' she asked.
'That's the way it's done,' the Queen said with great decision: 'nobody can do two things at once, you know. Let's consider your age to begin with — how old are you?'
'I'm seven and a half, exactly.'
'You needn't say "exactly",' the Queen remarked. 'I can believe it without that. Now I'll give you something to believe. I'm just one hundred and one, five months and a day.'
'I can't believe that!' said Alice.
'Can't you?' the Queen said in a pitying tone. 'Try again: draw a long breath, and shut your eyes.'
Alice laughed. 'There's no use trying,' she said 'one can't believe impossible things.'
'I daresay you haven't had much practice,' said the Queen. 'When I was your age, I always did it for half-an-hour a day. Why, sometimes I've believed as many as six impossible things before breakfast.
Lewis Carroll

sábado, 30 de mayo de 2015

Hasta el hijo de un Dios, una vez que la vio, se fue con ella.


Ellos III
Me he pasado la vida entre las damas de la noche. Quien las critica no las conoce. Hay más solidaridad en una velada interminable de música y alcoholes que en un acto de caridad entre damas de alcurnia que tasajean con la mirada el vestido de la recién llegada o los zapatos en desuso de la compañera caída en desgracia.
Mi verdadero hogar son esas horas entre las dos y las cinco de la mañana, cuando el borracho te dice que eres su hermano y la puta vieja te trata con el cariño que nunca te dio la tía que deseabas. Hay hombres y mujeres que tenemos alma de burdel. No es la bebida ni el sexo; tampoco la iluminación mortecina o la música de mal gusto. Esos son solo datos escenográficos, el ecosistema donde prospera nuestra especie, el lugar en que habitamos con otros miembros de esa familia en la que no se acostumbran los reproches por cantar desafinado o caminar a trompicones.
Hay quienes viven para el fútbol o para el golf, para satisfacer al cura o dar gusto a su padre; hombres y mujeres anodinos que cumplen a rajatabla las rutinas del día con la rigurosidad monótona del que da lustre a los barrotes de su celda. Seres humanos convertidos en uno más de los animales domésticos de casa.
Yo digo que hay más espontaneidad en un antro de mala muerte que en esas vidas deslactosadas, comprimidas por el reloj de afuera y la cobardía de adentro.
Los hombres a quienes nos gusta la bohemia lo tenemos fácil. Nada impide dedicarnos a nuestra pasión tres o cuatro noches por semana, más allá de los reproches que hace tiempo dejamos de oír.
Las mujeres bohemias, en cambio, lo tienen más difícil: a ellas les llaman putas. El único pecado de estas damas es pertenecer a nuestra especie. Animales de la noche, flores nocturnas que solo se abren al compás de un piano desafinado y al destello intermitente de las luces de neón.
Me dirán que estoy romantizando. Quizá; tantos años de boleros y todo el repertorio de Agustín Lara no han sido en balde.
Y sin embargo, las hembras más admirables que he conocido proceden de este mundo huérfano de sol. Los nombres más amados nunca fueron reales: Amarilda, Zéfira y Zulma eranmotes artísticos pero las mujeres que los portaban eran más auténticas que Patricia, Marta y Susanita, los esperpentos de la vida diurna con quienes alguna vez pretendí emparejarme.
Amarilda era la luna; pálida y brillante, generosa en sus redondeces. El sarcasmo en la punta de la lengua, los ojos dadivosos y la mano presta para la caricia oportuna. La misma habilidad para bajar los humos a un gallito encrespado que para levantar el ánimo de un parroquiano abatido. Murió hace años, luego de un aborto mal cuidado.
De Zéfira siempre recuerdo elescote abismal y la dureza del seno en tiempos previos al silicón. La mejor de las compañeras en una mesa de juerga. Un hígado galvanizado y la voz ronca y afinada hacían de toda velada un largo homenaje a José Alfredo Jiménez. Hermosa e inolvidable. Hace dos años la vi una madrugada ofreciéndose en una calle de Tepito. Preferí no acercarme; contrajo el sida hace tiempo. Me dio gusto que siguiera viva.
Zulma podía haber sido psiquiatra. Hablaba muy poco, no cantaba y pocas veces se levantaba a bailar. No obstante, por alguna razón era la preferida de todo cliente cuando había que desahogar las penas. Enfundada en su vestido blanco de bolitas negras y con los labios delgados pintados de rojo carmesí, te tomaba de la mano y te escuchaba sin pestañear, como si estuvieras en una burbuja o en un confesionario. Tenía una sabiduría innata para saber si luego del desahogo requerías una caricia de novia parvularia o un apretón en la verga. Luego supe que un hombre la mató a golpes no hace mucho.
Mujeres admirables las damas de la noche. Aunque ahora que lo pienso, no me explico por qué siempre acaban tan mal.
C. S. Líder del sindicato
ferrocarrilero. Senador de la República

Jorge Zepeda Patterson. Milena o el fémur más bello del mundo.

miércoles, 8 de abril de 2015

La revolución no se equivoca, pensé, pues si están repartiendo machetes algo habrá que cortar, algo habrá que defender, y a alguien habrá que matar.

Lección de Domingo
El hombre no se atrevía a ocupar el asiento de la señorita Marta. Eso se veía. Por lo menos así lo pensé. Supongo que le daba vergüenza por timidez o por temor al ridículo. De pie, examinó los papeles y cuadernos- nuestros cuadernos - que se hallaban sobre la mesa. Tomó uno, lo hojeó y, al detenerse en una página, trató de sonreír. Debió leer el nombre del dueño, escrito en la cubierta,con la linda y cuidadosa letra de la señorita Marta. "¿Quién es Roberto Collazos?", preguntó, todavía con el cuaderno entre las manos. Todos volvimos a mirar a Collazos. Y Collazos se levantó del banco. "Yo", dijo. La raya de sol que entraba por una de las ventanas y caía sobre la negra cabeza de Collazos, me permitió calcular que serían aproximadamente las cuatro de la tarde, pues yo había notado que a esa hora, siempre, en los días de buen sol, aparecía una franja de luz y de polvo, proyectada desde el cielo como un reflector. "¿Con que usted es Collazos?". "Sí señor". "Está bien. Siéntese". El hombre siguió mirando los cuadernos. "¿Y quién es Cepeda?". Y Cepeda se levantó, como lo había hecho Collazos. "Y ¿quién es Gregorio Villarreal?". Y Gregorio hizo lo mismo que Cepeda y Collazos. "Y ¿quién es Inocencio Cifuentes?". Me incorporé. Y sentí que la cara se me llenaba de calor. No dije nada. No dije como los demás: "yo, señor". El hombre se quedó mirándome con simpatía. "Yo también soy Cifuentes", dijo. Todos reímos, inclusive el pequeño Pablito Mancera a quien, tal vez, le había pasado ya el miedo. El hombre continuó su juego. Y se divertía evidentemente. Y nosotros empezamos a divertirnos también. Uno a uno fuimos respondiendo al llamado que se nos hacía. Se oyeron de nuevo algunas risas cuando le tocó el turno a Benito Díaz quien tartamudeaba un poco. Y el hombre rió a su vez, jovialmente. Empezábamos a olvidar a la señorita Marta. Empezábamos a olvidar que se la habían llevado los otros dos. Y que los tres entraron, bueno, como ladrones. Empezábamos a olvidar que debajo de los sacos, colgados del cinturón, estaban los revólveres. Empezábamos a olvidar la guerra entre revolucionarios y gobiernistas.
Hernando Tellez